4.4.- MERCADO Y/O ¿MODO DE PRODUCCIÓN?
Jean-Louis Gombeaud y Maurice Décaillot, autores de un brillante texto que hemos citado varias veces, "El regreso de la Gran Depresión", tienen, empero, la particularidad de que evaporizan el concepto de modo de producción y sólo hablan de economía de mercado. Su tesis central es nos acercamos a una nueva Gran Depresión siguiendo el largo ciclo histórico que ya comenzó con la desintegración del Imperio romano, continuó hundiendo al feudalismo y, para no extendernos volvió a aparecer varias veces en la era moderna. Ello es debido a que la economía de mercado tiene unas contradicciones que le llevan al estancamiento primero y después a la depresión si no se toman determinadas precauciones. La más importante de estas es la de mantener siempre un nivel de proteccionismo y regulación estatal adecuado al desarrollo de esa economía de mercado concreta para evitar caer en el círculo vicioso según el cual: "Los tiempos del crecimiento moderado tienen como marco una competitividad de intensidad reducida. A medida que ésta se incrementa y que las barreras se eliminan, el equilibrio anterior se pierde. Sobreviene un período de aceleración comercial que ve a cada uno tentar a su suerte en los espacios de intercambio de nuevo despejados. La expansión de los negocios puede, en un primer momento, hacer creer en un aumento de la prosperidad, pero se revela pronto preñado de peligros de inflación, de desaceleración, de desórdenes" (132).
Conforme este proceso avanza, surgen las tensiones y las disputas y: "vemos abatirse las barreras, no por las ventajas que procura su desaparición, sino porque, en la confusión general, cada uno se dedica a derribar las murallas que protegían a los demás, con el riesgo de exponerse a una represalia peligrosa" (133). En una situación as: "como antaño, muchos creen encontrar la salvación en el endeudamiento, haciendo crecer la pirámide de las deudas, alimentando los riesgos financieros y el poder de negociación de los préstamos, avivando después la competitividad comercial. En la época de Teodosio, en la gran Florencia, los tipos de interés tendían a ser difícilmente soportables para los prestatarios; igual que hoy, superaban lo que permiten los ritmos de crecimiento. La inquietud se observa en todos los mecanismos de la vida económica. Préstamos arriesgados, crédito caro: la ley inmemorial" (134). Ahora bien, incluso por muchas medidas proteccionistas y reguladoras que se tomen para controlar los peligros inherentes a la economía del mercado, la experiencia confirma que: "Dos mil años de historia sugieren con insistencia que la economía de mercado no es el perpetuo salvador que nos describen con ligereza" (135). Esta larga experiencia permite a los autores advertir que la actual economía de mercado se precipita hacia otra gran depresión porque "si los acontecimientos de la historia no se repiten, sus grandes movimientos sí coinciden con frecuencia" (136).
Dicen: "Las dificultades presentes, perceptibles tras la reciente reactivación, podrían por lo tanto ser archivadas como un paréntesis. Abren, al contrario, una fase declinante de un largo ciclo de crecimiento, iniciado a mediados del siglo XVIII con la revolución industrial, y que la apertura tecnológica y económica del mundo ha llevado a la maduración. Los síntomas de esta inflexión, verdadera antesala de una degradación duradera, son claramente convergentes: fase de aceleración comercial que endurece los enfrentamientos y las tensiones inflacionistas, crecimiento limitado que desemboca en el empobrecimiento de los sectores menos favorecidos, huida de los recursos hacia refugios financieros que incrementan los riesgos de una crisis de la deuda. Luego llega la baja global de los precios, el endurecimientos de la competencia que empuja al recurso creciente de la mano de obra a bajo coste, a la concentración de actividades, que extiende el campo de exclusión social y de marginalización y que va acompañada de contrastes económicos crecientes y desequilibrios de intercambios, los peligros de fracturas a gran escala entre zonas y categorías, los efectos depresivos acumulativos de movimientos de precios y de fluctuaciones de producción, los conflictos establecidos entre presión fiscal y debilidad de la coyuntura, la inadaptación de las instituciones, el comienzo de perturbaciones de todas clases y la fragilidad de la sociedad entre plagas diversas (...) Ante nosotros se inicia, muy probablemente, uno de esos grandes períodos de reflujo de los que el pasado nos ilustra" (137).
Ahora bien, ¿qué proponen los autores para contener ese muy probable período de reflujo? ¿De qué nos sirven las experiencias acumuladas durante dos mil años de coincidencia de grandes movimientos de ascenso y caída, flujo y reflujo? ¿Son meras "coincidencias", es decir, movimientos azarosos y fortuitos carentes de conexiones internas, de regularidades tendenciales que se mueven siempre dentro de la dialéctica entre lo casual y lo causal, lo contingente y lo necesario? Los autores dan suficientes muestras de que admiten la existencia histórica dentro de la economía de mercado de regularidades tendenciales. Entonces ¿podemos aprender del pasado? Hacemos esta pregunta porque su respuesta nos permite constatar los dos grandes vacíos de esa obra por demás tan valiosa. Veamos su respuesta: "Es cierto: la economía de mercado ha vencido. El comunismo, tan rechazado, se ha derumbado él sólo en algunos años, dejándole el campo libre" (138). Más adelante nos explican qué quieren decir con lo de que el "comunismo" "se ha derrumbado él sólo", y es esto: "El colectivismo estatal en el que han vivido los países del Este ha presentado su candidatura durante varias décadas. Se ha derrumbado bajo el peso de sus fracasos económicos, sociales, políticos, técnicos y culturales y de los fallos de sus intercambios exteriores. Se acabó par él" (139). Sorprende la pobre visión unilateral y mecanicista , que no tiene en cuenta las impresionantes agresiones externas y las corrientes y discusiones internas, de la compleja y mundial experiencia del "comunismo". Más aún, a la altura del conocimiento actual resulta increíble que se siga definiendo como "comunismo" al régimen exsoviético estando a disposición de quien quiera leerlos cientos de estudios rigurosos y diversos sobre ese período decisivo para la humanidad, a no ser por miope ignorancia o vulgar dogmatismo teórico-político.
Visto esto no nos sorprenden ya las soluciones que ofrecen: "el éxito económico no se circunscribe al comercio salvaje, que llama a la complementariedad entre todos los que concentran las herramientas modernas; que la reciprocidad, esa compañera inmemorial de las sociedades humanas, deberá encontrar entre nosotros un espacio más grande: intercambiar menos, intercambiar dando a cada uno su lugar, tal es sin duda, para mañana, una de las claves (...) Habrá que recrear, lo más cercano posible de los hombres, espacios fuera de la competitividad, recursos fuera de la banalización comercial, playas de vida que escapen a la obsesión de la porción de mercado y de los tipos de cambio, centros para la estabilidad y el intercambio igualitario, lugares y tiempos para la autonomía responsable, de oxígeno para las solidaridades y el futuro" (140). Dejando de lado la romántica palabrería que sería válida si reflejase contenidos factibles, hay que decir que las propuestas nos remiten a modelos típicos del socialismo utópico, modelos sentsimonianos, owenistas, fourieristas, etc, que, con sus diferencias, se caracterizaban desconocer el proceso de explotación de la fuerza de trabajo para extraer un plusvalor y luego transformar una parte en plusvalía. La palabrería de los autores nos recuerda a los sueños utópicos de superar el capitalismo mediante la educación del pueblo, la creación de cooperativas de producción y consumo que creen islas que funciones sin dinero y que se interrelacionen en red, etc. No hace falta aquí decir una sola palabra más sobre el fracaso histórico de estos sueños bonitos pero imposibles dentro del modo de producción capitalista.
Hemos llegado ya al problema crucial. Los autores en ningún momento hablan de la existencia de modos de producción dentro del largo período de economía de mercado, que por cierto tiene más de dos mil años de antigüedad. Más aún, salvo error nuestro, no usan la palabra "capitalismo" y sí la de "comunismo" -¿cómo se entiende eso?- con lo que se acrecienta la sensación de vacío teórico ya que, por mucha referencia histórica que se haga, sirve de poco si no existe una malla teórica que sostenga toda la estructura conceptual. Desde esta debilidad se comprende la total ausencia de cualquier alusión al problema del valor, de la producción de valor, y, por el contrario, la sobreabundancia de términos como mercado, comercio, consumo, precio, inflación y otros. No negamos su utilidad, sólo decimos que el claro desequilibrio al que nos referimos confirma la visión parcial de los autores. Desde ella es imposible superar el marco conceptual del socialismo utópico, e incluso el marco de esa indicadora cita al autoritario, jacobino y reaccionario Charles De Gaulle, advirtiendo de los "peligros del mercado" (141).
¿Qué importancia tiene pensar desde el paradigma teórico que se estructura a partir del concepto de modo de producción? Dejando de lado por ausencia de espacio todo lo relacionado con el debate sobre antropología, etnografía, cultura, etc., siempre en sus relaciones con el género, el racismo y la opresión nacional (142), hay que decir que, a nuestro entender, no es posible construir una alternativa factible a las contradicciones capitalistas y cara al futuro, si no se parte de un conocimiento histórico solamente accesible, y construíble, mediante el empleo de las herramientas disponibles y mejorables existentes en el arsenal teórico que ofrece, a escala amplia, la teoría del materialismo histórico, a escala media la del modo de producción, y a escala corta la de la formación económico-social concreta. Pensamos que las dificultades que hemos constatado en Wallerstein, y las incoherencias utópicas en J-L Gombeaud y M. Décaillot, así lo demuestran. Pero no son los únicos ni los peores, por cierto. B. Buzan y G. Segal han publicado un texto en el que sin rubor intelectual alguno se atreven a dedicar más de veinte páginas a lo que pensarán de la sociedad de finales del siglo XX historiadores del mediato año 2500 y del remoto año 7000 de la era cristiana (143). No hace falta ser un lince para cerciorarse de la vacuidad de ese libro. Basta releer ahora, con algo más de seis años de envejecimiento bastantes de las ideas que se expusieron en un libro sobre el mundo que venía en 1994 (144), escrito cumpliendo casi todos los cánones de la superficialidad burguesa, para comprender qué rápidamente envejecen los tópicos pero también las ideas que no se sustentan en una concepción materialista y dialéctica de la especie humana. Significativamente, Arrighi no comete ninguno de estos errores, aunque su pretensión de sincretismo teórico nos plantee dudas que no podemos desarrollar más aquí porque nos obligaría a profundizar en Smith, Weber, Braudel y otros autores tan dispares, ricos y sugerentes.
4.5.- CAPITALISMO Y CRISIS ESTATO-NACIONAL:
Hemos comentado anteriormente que a consecuencia de las fuerzas contradictorias inherentes a la definición simple de capital elaborada por Marx, se producía una tensión permanente entre la dinámica expansiva y la necesidad de autoprotección del capital ya instalado. En términos teóricos, podemos definir a esa esencial dinámica como la contradicción expansivo-contractiva inherente a la definición simple de capital. Para nosotros es una de las bases que permiten comprender no sólo la evolución concreta de las formaciones sociales capitalistas, sino que también y tras proceder a convenientes retoques, explicar contradicciones similares en sociedades que viven en y de la economía de mercado como cimiento sobre el que se levantarán luego determinados modos de producción, así como, en parte, la correspondiente imbricación de esos modos con las formas históricamente dadas de explotación de género y etno-nacional. En este sentido y antes de seguir, convendría recordar el válido repaso histórico que E. Mandel hace, demostrando la inseparabilidad de la aparición rudimentaria de la mercancía y del dinero, desde luego hace más de sólo dos mil años, y el desarrollo posterior cargado de tensiones y conflictos en los que, dependiendo del nivel de asentamiento de la economía mercantil aparecen las primeras nociones sobre economía política y muy significativamente, sobre la ley del valor-trabajo (145), tema al que por su importancia decisiva volveremos más adelante. G. Childe aporta una visión rigurosa de cómo ya en los rudimentos de la economía mercantil abstractamente definida operaba embrionariamente, muy cortocircuitada e interferida por las limitaciones objetivas y subjetivas de la época, la contradicción entre la necesidad de expandir el comercio de mercaderías y la necesidad de asegurar un espacio en el que ese comercio pudiera guarecerse de la competencia exterior (146). El desarrollo capitalista ulterior ha llevado a una escala cualitativamente superior, que no sólo cualitativamente, esta dialéctica espansivo-contractiva de modo que, en determinadas condiciones, puede ser uno de los factores que ayuden a desencadenar una crisis y, desde luego, siempre está presente en la evolución general de sus tensiones.
D. Harvey nos ha dejado una de las mejores profundizaciones teóricas al respecto: "Los linderos regionales invariablemente son borrosos y están sujetos a perpetuas modificaciones porque las distancias relativas cambian con los adelantos en el transporte y las comunicaciones. Las economías regionales nunca están cerradas. La tentación de los capitalistas de dedicarse al comercio interregional, de obtener ganancias con el intercambio desigual y de colocar los capitales excedentes donde quiera que sea más alta la tasa de ganancia, a la larga es irresistible. Además, los trabajadores seguramente sentirán la tentación de trasladarse a cualquier lugar en en que los niveles de vida sean más altos. Además, la tendencia hacia el exceso de acumulación y la amenaza de devaluación., obligará a los capitalistas de una región a extender sus fronteras o simplemente a llevar el capital a pastos más verdes. El resultado es que el desarrooolo de la economía espacial del capitalismo se ve asediada por tendencias contradictorias. Por un lado hay que derribar las barreras espaciales y las distinciones regionales, y por otro lo medios para lograr esto provocan nuevas diferenciaciones geográficas, que forma nuevas barreras espaciales que hay que superar. La organización geográfica del capitalismo absorbe las contradicciones dentro de la forma valor. Esto es lo que quiere decir el concepto de desarrollo, inevitablemente poco uniforme, del capitalismo" (147).
La bibliografía sobre esta contradicción es muy abundante y rica, pero ahora nos interesa insistir en las relaciones de esa contradicción con la dinámica de poder, es decir, con el proceso de producción de valor y su monopolización por una minoría. En este proceso es vital la intervención del Estado no sólo como máquina de violencia, sino fundamentalmente como máquina que centraliza estratégicamente la reproducción ampliada del poder existente, haciendo especial insistencia en la utilización programada de todos sus recursos, que no sólo el del monopolio de la violencia (148). Es desde esta perspectiva que: "desde la óptica de las relaciones de poder, lo que interesa no es tanto la mercancía en su corporeidad, sino el valor, y más exactamente el plusvalor o el excedente --según el momento en que sea considerado--, lo que podría ser la geografía de la producción de excedente. Lo importante será aquí el circuito del valor, y la distribución, tanto social como territorial. De esta forma el espacio adquiere una doble importancia: como lugar de producción, pero también como ámbito y posibilidad de desplazamiento de excedente, de forma tal que pueda consumarse la distribución social gracias a la posibilidad de distribución territorial, y superpuesta a aquella. Así, la condición necesaria para el expansionismo territorial será la posibilidad de desplazamiento (movilidad) territorial del excedente, sea en la forma de mercancía o en la forma monetaria, hacia aquellos lugares que los expropiadores/gestores hayan decidido -bien sea para su apropiación directa, bien para su (re)inversión. Es por ello por lo que los conflictos territoriales tendrán muchos de lucha territorial como poder sobre la producción de valor, sobre el excedente y sobre la movilización del excedente" (149).
Periódicamente, esa contradicción objetiva que vive en la definición simple de capital, tiende a acelerarse y agravarse coincidiendo con saltos de una fase a otra del sistema económico, o lo que es cualitativamente decisorio, al traumático salto histórico de un modo de producción a otro. Cuando M. Castells se pregunta "¿El Estado impotente?" (150), no hace sino exponer con otra terminología la fuerza de esa contradicción desatada, confirmándola con múltiples ejemplos. R. Hobsbawm tampoco cita abiertamente esa dinámica pero sí presta especial atención a uno de sus efectos fundamentales como es la agudización de las tensiones entre quienes por razones históricas no fueron dominados por los Estados y mantienen sus identidades preestatales y esos mismos Estados que les dominaron pero no les alienaron. Hobsbawm también habla de las tensiones crecientes entre los ciudadanos que ya no aceptan a sus Estados y la obcecaión de estas burocracias para seguir dominándoles.
Ambos nos interesan y empezaremos por el primero. Hobsbawm afirma refiriéndose al las resistencias de los pueblos a la colonización occidental: "fueron muy pocos los pueblos que se resistieron, y pos supuesto de ningún modo los que ya estaban habituados a vivir bajo un gobierno de un tipo u otro. Los únicos que no se plegaron a la férula colonial fueron los pueblos que vivían en sociedades sin estado; tal es el caso de Afganistán, de las sociedades tribales del salvaje Oeste, de los kurdos, de los bereberes de Marruecos. Pero, fundamentalmente, los pueblos que opusieron resistencia fueron lo que se habrían resistido a cualquier gobierno. A su gobierno, o a un gobierno extranjero, daba igual" (151). Sería interesante discutir ahora un poco sobre si fue tan reducida la resistencia de los pueblos como sostiene el autor , o si hubo realmente más guerras de las reconocidas por la historiografía occidental. No tenemos ahora espacio para desarrollar las tesis que argumentan lo contrario (152), haciendo referencia a la interrelación de factores sociales, económicos, políticos y culturales de los pueblos agredidos como detonantes de resistencias más o menos prolongadas a las agresiones extranjeras, pues lo que queremos es insistir, aceptando parcialmente lo que opina Hobsbawm, que los pueblos que por avatares sociohistóricos se han librado de la disciplinarización psicosomática necesaria para aceptar el orden exterior impuesto por el Estado, el que fuera, esos pueblo se han caracterizado por una larga oposición a las agresiones externas.
En realidad, este problema a debate nos remite a la composición social interna del pueblo afectado, a sus diferencias clasistas y a sus relaciones internacionales, es decir, al conjunto de intereses que pueden motivar, ante una agresión externa, el comportamiento unitario de todas las clases y sectores, o , lo que es mucho más frecuente en la historia, la opción de las clases ricas y dominantes del pueblo agredido por algún tipo de alianza, pacto o simplemente colaboracionismo pasivo con el invasor para, de algún modo, seguir obteniendo un mínimo de beneficio de la explotación. Comparada esta opción con la contraria, con la de la unión de todas las clases, dominantes y dominadas, contra el invasor, ésta segunda es mucho menos frecuente. Sorprende un poco, en este sentido cómo Hobsbawm tiende a sobrestimar el comportamiento resistente de las burguesías europeas bajo los nazis en 1939-45, y hace una referencia muy genérica al comportamiento de Pétain y el gobierno de Vichy, cuando es sabido que: "Durante el primer año de ocupación, los resistentes partidarios de Degaulle o probritánicos no eran más que una ínfima minoría, a lo máximo el 5% de la población (...) la mayoría de los franceses, en 1940-1941, tenían confianza en Pétain" (153). Sin embargo, sí está en lo cierto cuando a continuación explica la experiencia somalí y concluye en sentido general como una lección extraída de los últimos decenios y válida para el siglo XXI: "Es decir que en muchos países del mundo la gente ya no está dispuesta a aceptar el principio según el cual no vale la pena combatir contra los ejércitos de ocupación" (154).
Hobsbawm nos pone como ejemplo, con razón, la resistencia del IRA y su efectividad para superar año a año las inmensa desproporción de medios comparado con el poder de la Gran Bretaña: "El IRA, por ejemplo, ha significado la coexistencia, en Irlanda del Norte, durante treinta años, de una administración estatal regular con elementos de gobierno del territorio que actuaban fuera de su control. Y ello a pesar de que el IRA haya contado, en relación al Estado, con un número de hombres incomparablemente menor y haya dispuesto de un armamento también incomparablemente inferior" (155). ¿Qué relación puede existir entre la resistencia de los bereberes o de los kurdos, o de los afganos, y la resistencia del IRA? ¿No puede ser que al carecer todos esos pueblos de una "obediencia estatalizada" han mantenido una conciencia nacional, una identidad colectiva, una memoria militar, una estructura psíquica de masas no alienada por la disciplinarización estatalista? ¿Puede existir entre esos y otros pueblos que han vivido historias similares en cuanto a no haber sufrido esa contaminación desnacionalizadora, por ejemplo euskaldunes, corsos, bretones, tamiles, saharauis, palestinos, etc., una menor predisposición a la obediencia que el extranjero quiere imponerles? Incluso ¿no puede ocurrir que en determinados momentos críticos esos componentes que dormitan en la memoria colectiva se reactiven aunque ese o esos pueblos sí hayan tenido una experiencia estatal, como, por ejemplo, los chinos contra los japoneses, por poner un caso?
Pensamos que, en efecto, las transformaciones acaecidas en los últimos años sí presionan en este sentido, en el de reactivar las conciencias nacionales independentistas de muchos pueblos. Y no somos pocos los que opinamos así: "La periferia es hoy mucho menos maleable que hace un siglo, durante más de siete décadas una superpotencia periférica, la URSS, desafió a Occidente, resistió un largo asedio, incluida una tentativa de exterminio y aunque finalmente sucumbió a su propio anquilosamiento burocrático, el mundo de la postguerra fría no significa el retorno a la situación colonial de comienzos del siglo XX. Las descolonizaciones y revoluciones desatadas a partir de la Revolución Rusa y luego de la Segunda Guerra Mundial, más allá de sus éxitos y fracasos, han dejado una herencia perdurable que no puede ser eliminada de un soplido. La proliferación nuclear (India, Paquistán, China, Corea del Norte...), la existencia de numerosos ejércitos relativamente bien armados en las zonas subdesarrolladas, de culturas periféricas emergentes que expresan voluntades de independencia muy fuertes y por otra parte las dificultades que han tenido hasta ahora los gobiernos del G7 para arrastrar a sus poblaciones en aventuras militares con alto costo en vidas propias, bloquean la alternativa de reconstitución de vastos protectorados militares en las áreas pobres del planeta" (156).
La tendencia para el siglo XXI que anuncia Hobsbawm, con la que muchos estamos de acuerdo aunque desde posiciones muy diferentes (157), se refuerza al estudiar el segundo caso, el de el creciente rechazo de los ciudadanos a sus propios Estados, que no solamente a los extranjero: "nos encontramos ante la inversión de una tendencia secular, de una onda larga de la historia que se movía en la dirección de la construcción y el fortalecimiento progresivo de los estados territoriales, los estados-nación en el asentido político del término" (158). "Esta tendencia parece detenerse. No sé si se ha invertido, pero lo que es cierto es que se ha agotado el impulso que la movía" (159). Son varias las razones que cita el autor para sostener esta tesis pero insiste en que es: "Un problema tanto más difícil de afronta por nuevas razones que tienen que ver con el problema a que antes aludía: la obediencia voluntaria de los pueblos a sus gobiernos. Durante buena parte de la historia, la suposición de que si el gobierno es eficaz, el ciudadano, en general, obedece fue válida. Sea cual fuere el gobierno, gustase o no. Es cierto que en algunos casos se acataba porque era fuerte, pero en otros era aceptado por la teoría de que un gobierno eficiente es mejor que la falta de gobierno, según la idea expresada por Hobbes" (160).
Pensamos nosotros que la crisis del Estado-nación responde, en primer lugar, a la periódica agudización de las contradicciones inherentes a la definición simple de capital, es decir, a las consecuencias diversas que se derivan de la pugna expansionista y protectora analizada arriba; en segundo lugar, sobre esta base genético estructural del capitalismo como modo de producción, se levantas las contradicciones concretas en cada formación social específica, en este caso, y por los ejemplos que cita Hobsbawn, la Unión Europea y, en tercer lugar, que entre ambos niveles existe una conexión en y mediante la esfera de la personalidad colectiva de los pueblos que se materializa en sus culturas y lenguas, de modo que bajo la presión de las condiciones materiales de producción, las tensiones que se acumulan en la pugna por el control del territorio como espacio de producción y conservación de valor -el excedente simbólico-material colectivo acumulado- puede terminar tanto en una guerra abierta o práctica de violencia defensiva contra el Estado agresor o bien en una guerra civil interna. También, y es una experiencia muy frecuente, en una síntesis de ambas. Lo valioso de la tesis de Hobsbawm, para nuestros objetivos teóricos, es la ideas de que esas contradicciones no han desaparecido sino que aumentan y se perpetuarán durante un tiempo en el siglo XXI.
(132) J-L Gombeaud y M. Décaillot: "El regreso de la Gran Depresión", ops. Cit. Pág. 146.
(133) J-L Gombeaud y M. Décaillot, ops, cit, pág. 117.
(134) J-L Gombeaud y M. Décaillot, ops, cit, pág, 172.
(135) J-L Gombeaud y M. Décaillot, ops, cit, pág. 205.
(136) J-L Gombeaud y M. Décaillot, ops. Cit, pág 109.
(137) J-L Gombeaud y M. Décaillot, ops, cit, pág. 209.
(138) J-L Gombeaud y M. Décaillot, ops, cit, pág. 218.
(139) J-L Gombeaud y M. Décaillot, ops, cit, pág. 222.
(140) J-L Gombeaud y M. Décaillot, ops, cit, págs 224-225.
(141) J.L Gombeaud y M. Décaillot, ops, cit, pág . 218.
(142) Maurice Godelier: "Racionalidad e irracionalidad en la economía", Siglo XIX, México 1967. Tony Andreani: "Marxismo y antropología", Anagrama, Barcelona 1974. Marcel Mauss: "Introducción a la Etnografía"Istmo, Madrid 1974. Isidoro Moreno: "Cultura y modos de producción". Nuestra Cultura, MaDRID 1978, Umberto Melotti: "En hombre entre la naturaleza y la historia", Península 1981. Luis F. Bate: "Arqueología y materialismo histórico", ECP, México 1979. AA.VV: "Antropología y feminismo", Anagrama, Barcelona 1979. Marvin Harris: "El desarrollo de la teoría antropológica", Siglo XXI, Madrid 1987. Henrietta L. Moore: "Antropología y feminismo". Feminismos, Madrid 1991, Ernest Gellner: "Antropolía y política", Altaya, Madrid 1999.
(143) Bany Buzan y Gerald Segal: "El futuro que viene", Edit., Andrés Bello, Barcelona 1999, págs 331-358.
(144) Jordi Nadal (coordinador): "El mundo que viene", Alianza Editorial, Madrid 1994.
(145) Ernest Mandel: "Tratado de economía marxista", ERA, México 1977, 3 Volúmenes, especialmente Vol. 3º, págs 218-289.
(146) V. Gordon Childe: "Qué sucedió en la Historia", Plantea-Agostini, Barcelona 1985.
(147) David Harvey: "Los límites del capitalismo y la teoría marxista". FCE, México 1990, pág 420.
(148) E. Mandel: "La teoría marxista del Estado", Anagrama, Barcelona 1976. Omar Guerrero: "La administración pública del Estado capitalista", Edit. Fontamara, Barcelona 1981. Charles Tilly: "Coerción, capital y los Estados europeos 990-1990". Alianza Universal, Madrid 1992. W. H. McNeill: "La búsqueda del poder. Tecnología, fuerzas armadas y sociedad desde el 1000 d.C.", Siglo XXI, Madrid 1988.
(149) Joan-Eugeni Sánchez: "Espacio, economía y sociedad", Siglo XXI, Madrid 1991, págs 114-115.
(150) M. Castells: "La era de la información", ops, cit, Vol. 2º, págs 271-339.
(151) E. Hobsbawm: "Entrevista sobre el siglo XXI", ops, cit, pág. 55.
(152) Geoffrey Parker: "La revolución militar", Crítica, Barcelona 1990. Daniel R. Headrick: "Los instrumentos del imperio", Altaya, Barcelona 1998.
(153) Henri Bernad: "Historia de la resistencia europea", Orbis, Barcelona 1986, págs 129-130.
(154) E. Hobsbawm: "Entrevista sobre el siglo XXI", ops, cit, pág. 56.
(155) E. Hobsbawm: "Entrevista sobre el siglo XXI", ops, cit, pág. 52.
(156) Jorge Beinstein: "Escenarios de la crisis global. Los caminos de la decadencia", ops, cit., pág 17.
(157) Véase el congreso sobre "El siglo XX: balance y perspectivas", celebrado en Valencia, El País, n´º 1464, 6-v-2000.
(158) E. Hobsbawm: "Entrevista sobre el siglo XXI", ops, cit, pág. 47.
(159) E. Hobsbawm: "Entrevista sobre el siglo XXI", ops, cit, pág. 50.
(160) E. Hobsbawm: "Entrevista sobre el siglo XXI", ops, cit, pág. 54.